domingo 22 de noviembre de 2009

Pablo y los buhoneros

De rodríguez con los niños y con la tarde fría y amenazando lluvia, tenía que buscar un plan alternativo a los parques y bicicletas. Así que me los llevé al Teatro Central donde sabía que ponían algo que podría servirnos a los tres.

Allí me gusta llegar temprano, tomar café en el restaurante tras las cristaleras que dan al río y dejarlos corretear entre las mesas, no sin molestar a los culturillas que suelen andar por allí. Naturalmente me hago el sueco y me intereso por algún que otro folleto que dan a la entrada:

"La leyenda de Maese Pérez el organista", de Ymedio Teatro.

"Tres personajes desarraigados, sin rumbo aparente, transeúntes buhoneros, llegan al lugar arrastrando un viejo y pesado carromato cargado de mil artilugios, un cambalache rodante que es hogar y sustento de sus porteadores.

Su intención es vender una pócima milagrosa que todo lo cura pero, descubierto el engaño y para evitar el linchamiento del público, se ven obligados a ejercer de improvisados comediantes.

En clave de humor y continuamente salpicada por las rimas de Bécquer, este espectáculo se convierte en un brebaje mágico y cautivador lleno de misterio y ternura.

Un mundo repleto de detalles con los que seducir a grandes y pequeños. Su atmósfera enigmática nos desvela las más variopintas fuentes de inspiración, desde el peculiar universo del cineasta Tim Burton hasta el esperpento de Valle-Inclán".


Pero con los niños no basta que la apuesta parezca segura, y a la media hora de comenzar el espectáculo y ubicados en el mismo centro del patio de butacas, Pablo decidió estar hasta los cojones de los buhoneros, del carromato, de la ternura de los personajes y de las rimas, se puso a llorar y a mí me entraron las siete cosas intentando calmarlo sin éxito. Media fila puesta de pie para facilitarme el paso en busca de la salida mientras tiraba de mis dos terroristas. Un show por el que nadie pagó la entrada.

Milagrosamente se calló cuando lo cogí en brazos y nos concedió una tregua que nos permitió ver el final sentados en un pasillo.

Está claro que no acerté con Pablo; la obra no era para un niño de tres años que habría preferido un buen columpio o la pelota de reglamento a las rimas de los buhoneros. por mucho que a su hermano y a mí nos encantara.

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martes 10 de noviembre de 2009

el gorrilla y el Plan E

Hace algunos meses que el centro de Huelva se convirtió en un lugar aun más inaccesible e inhóspito de lo habitual. De repente comenzaron a abrirse zanjas, evantarse los suelos, excavadoras por aquí, martillos mecánicos por allá y fue entonces cuando aparcar en las cercanías del trabajo se convirtió en un imposible, salvedad hecha para los vehículos oficiales y de la prensa amiga por supuesto. El Plan E con el que el gobierno hace frente a la crisis aterrizó en Huelva para pavor de adoquines y farolas que se jubilarán anticipadamente a precio de oro.

Así que tuve que buscarme las habichuelas si no quería hacer senderismo matutino antes de llegar al currelo y le dejo el coche a un gorrilla que me lo aparca cuando se queda algún hueco libre, y después me deja las llaves en un bar, previo pago del correspondiente "impuesto". Naturalmente he pedido referencias a algún vecino que otro y todos coinciden en la baja probabilidad de encontrarme sin coche cuando salga del trabajo. Ya se sabe que el riesgo cero no existe.

- ¿tu vienes de Sevilla, verdad?
- Si, todos los días...
- Pues a mi me convendría irme un día de éstos contigo para ver a una amiga que está en Traumatología...

Y allí estaba aquél mismo día a las tres y pico de la tarde, esperándome con la misma barba de varios días, su pelo graso repeinado con gorra de Cajasol y unos zapatones blancos anunciando que iba con la indumentaria de bonito.

- Súbete sin fumar, por favor... - y sin saber cómo ni por qué, se subió al coche y emprendimos el viaje juntos.

Me faltó atrevimiento para hacerle una foto: bajó la ventanilla, sacó su codo por la ventana, adoptó una postura bien cómoda, señorial... y su endeble cuerpo lo desparramó en el asiento mientras la cabeza la mantenía erguida. La mirada pendiente de todas las gachís que se fueron cruzando:

- ¡jaaayyyyy!- exclamó de repente sobresaltándome mientras giró la cabeza a la velocidad de la luz. Al paso, una hembra despampanante.


Y claro está, me dió la risa de verme en aquella situación en la que no sabía si quería que me tragara la tierra o por el contrario compartir aquel momento con el mundo entero mientras pensaba en mi hermano y los amigos - ¿no te ha gustao la chavala? - (más que a tí, churra, pensé... ) - Si, claro. Le respondí

A la media hora de iniciar el trayecto dieron cuenta de mí los madrugones, el ritmo insalubre de trabajo que padezco últimamente y el run run del coche. A este sueño suelo responderle con una paradita y cabezada de diez minutos que suelen ser suficientes para recomponerme, pero ¿quién se echaba una siesta aqué día?

- Te veo adormilao. ¿Quieres que lo lleve?
- No, no te preocupes, voy bien...
- Mira que nos vamos a dar una ostia!
- No, no te preocupes
- ¿qué pasa, no te fías de mí? yo he tenido carnet mucho tiempo...

Hubiera sido lo máximo. Entonces sí que le hago una foto...

Llegamos a Sevilla a eso de las cuatro y pico. Lo dejé en una calle cercana al hospital aprovechando un semáforo en rojo.

Al día siguiente, como todos los días, le di su euro y mis llaves.

- ¿sabes que al final no la operaron? tendré que irme otro día contigo...

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domingo 8 de noviembre de 2009

Cyrano y la segunda oportunidad


Hace ya algunos años que fuimos M y yo a la ópera por primera vez; una representación al aire libre en el anfiteatro de La Rábida (que ya es decir del aire de Huelva) y sin descansos. Una compañía rusa, sin subtítulos, más dura que el cemento de las escalinatas donde nos sentamos.

En el recuerdo quedó grabado a fuego un aburrimiento soporífero, un hambre como la de los lagartos tras las pitas (que no pudimos resolver ni al acabar aquel calvario por no encontrar nada abierto para un bocado decente) y unas ganas de mear que no he vuelto a conocer. Y todo a la media hora de empezar. Sí que merecieron la pena las estrellas, la frescura de aquella noche de verano y la compañía (no la rusa... sino la otra).

Este viernes me regalaron dos entradas para el ensayo general de Cyrano de Bergerac, una ópera en cinco actos que en estos días se representará en el Teatro Maestranza de Sevilla y que ha cosechado muy buenas críticas y éxitos tras pasar por diversos teatros europeos; así que a pesar de los antecedentes, se me encendieron las luces y cambié los planes que tenía de visitar a la familia. Llamé a mi mercenaria de guardia para que se quedara con los niños y con media hora de antelación, nos plantamos en las puertas del Teatro donde nos esperaba el contacto con las entradas.


Ni que decir tiene que no sé de tenores, sopranos y barítonos, que a duras penas distingo un cubalibre de garrafón de uno de marca si no llevo tomados más de dos, y que mi cultura musical es de muy pocas carnes a pesar de los excelentes músicos que hay en la familia; el Señor no me dió ese don, más allá de cierto compás y menores habilidades de aficionado para aporrear la guitarra en dos o tres ocasiones señaladas en el calendario. Pero sí que me dió buen gusto para algunas cosas y una intuición más propia de las señoras (mi parte femenina, supongo...)


Cyrano, una conocida historia de amor y amistad preciosa, con una música deliciosamente ejecutada por la Orquesta Sinfónica de Sevilla, magníficos decorados... y unas voces que conocían el atajo perfecto para llegar a lo más adentro y emocionar hasta poner los pelos como escarpias al más pintado. No creí que pudiera pasarme con una ópera, pero sucedió... y tuve que limpiar las gafas y sonarme los mocos con el disimulo que pude y ¡sin hacer ruido!


Aún me estoy relamiendo...

Por cierto que en el primer descanso tomamos en el ambigú una copa de cava y unas ricas medias noches para engañar el hambre (también de gañote) y después pudimos cenar en un local cercano ¡Viva la Pepa!, que aunque tenían la cocina ya cerrada, nos hicieron el favor de ponernos una ensalada de espinacas, croquetas de puchero y un foie aceptables con un par de copas de Verdejo frío del que no recuerdo el nombre. Hasta en eso pudimos mejorar lo de aquella primera vez en la ópera.

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martes 15 de septiembre de 2009

Viaje al norte



Siempre he disfrutado los viajes desde que comienzo a organizarlos: decenas de fotos, búsqueda de hoteles por internet (muy recomendable la experiencia en Paradores), itinerarios para exprimir los días o para dejarse llevar, la lectura de guías, la búsqueda de entradas, reservas... recavar información conversando con amigos que hayan estado antes en esos sitios, y en definitiva construir el plan de viaje. La segunda parte es el viaje en sí: la ilusión con la que se prepara la maleta, levantarte temprano e iniciar al alba la ruta con los niños dormidos aun, la música de Amy Winehouse bajita para no despertarlos y la emoción y alegría de M mientras devoramos los primeros kilómetros; extraordinarias sensaciones ante un paisaje desconocido o recreado con anterioridad, hablar con la gente del lugar, degustar los platos de la tierra, el paseo... la mirada.
Tras el viaje queda organizar las fotos, hacer algún montaje con ellas, recordar en la charla nocturna esos momentos especiales que todos vivimos en estas pequeñas aventuras...

Ya de vuelta de nuestro recorrido, estoy en esas... en lo de las fotos, que termina siendo a los viajes como la fase retronasal a la cata de vinos: Plasencia, Salamanca, León, Oviedo, Covadonga y los Lagos, la costa oriental asturiana, algunos pueblos cántabros como Comillas, San Vicente, Santillana... Ávila y Cáceres... y en todas hemos disfrutado muchísimo.

Por cierto, que algunas de ellas las he utilizado para confeccionar un album digital impreso (de manoseo) que ha quedado bastante bien.

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jueves 23 de julio de 2009

Sultán



Sultán vino cachorro a casa cuando éramos unos niños. Pasó su primera noche debajo de mi cama en una gran caja de zapatos, mientras E y yo migábamos pan en leche que iba lamiendo de nuestras manos. Al poco se convirtió en un devorador de calcetines y travieso al punto de meterse en el motor del frigorífico.

De joven le recuerdo en los viajes en coche hasta la playa, en los que sobre el asiento de atrás, encima de nosotros, nos iba arañando las piernas sin parar de moverse, nervioso, gimoteante pero sin dejar de agasajarnos con sus lametones. Cuando se abría la puerta que daba al patio a primeras horas de la mañana, parecía que se preparase un encierro diario de San Fermines, en el que recorría enloquecido cada rincón de la casa para saludarnos uno a uno a su manera: saltando sin parar, apoyando sus pezuñas en el pecho, buscando la caricia de cada uno de nosotros y sin parar de ladrar.

Fue mi compañero en la adolescencia, en mis noches de trasvelo y recepcionista para mis primeras salidas nocturnas; un verdadero amigo y confidente.

Le encantaba corretear en círculo por la arena de la playa, y morder la espuma en el rompeolas para volver a la arena de momento, que no era amigo del agua.

Qué gusto verle comer su arroz partido y con los caparazones de pollo que le guisaba mi madre.. Cualquiera se le acercaba entonces

Y su hocico frío, suave... el lenguaje de sus orejas para hacernos carantoñas o sus pezuñas dando golpecitos en nuestros pies, pidiendo la caricia. Y la cara que nos ponía cuando después de golfear por ahí, aparecía en el umbral de la puerta al día siguiente, para tranquilidad de mi madre a la que sólo le faltó haber llamado a la Guardia Civil.

Lo perdí en 1.998, pero pudo conocer a M. y eso me reconforta.

Se fue rodeado por su familia y desde entonces reposa en un rincón del extenso corral que sólo conoce mi padre, a quien no he vuelto ver llorar.

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la ventana y el mar



Entra por la ventana el bullicio de los transeuntes confundiéndose con el ruído del teclado y el aparato del aire acondicionado en la oficina. Una mirada de soslayo y aparecen madres paseantes con carritos, empleados tomando café, vertiginosas hembras buscando escaparate, el sombrerito panamá del jubilado y el atuendo negro de chef moderno de un camarero con vena.

Me descalzo para sentir el frescor del mármol en los pies. Cierro los ojos, y acabo remangándome los pantalones para no mojarlos con el agua del Atlántico en una playa de arena fina, palmeras de fondo de escritorio de windows y masaje tántrico-filipino.

Son las 12 y paladeo las últimas horas en el curro antes de irme de vacaciones, que no serán en una playa imaginaria sino en piscina hiperclorada de urbanización alternando como dominguero en una playa atestada, pero servirá igualmente para reconstituirme en un año que está resultando agotador en lo personal y profesional, como cuando se está cerca del final de un ciclo y que bien merece una parada.
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domingo 5 de julio de 2009

Acuarela de Maru




"Volando juntos..."


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