Allí me gusta llegar temprano, tomar café en el restaurante tras las cristaleras que dan al río y dejarlos corretear entre las mesas, no sin molestar a los culturillas que suelen andar por allí. Naturalmente me hago el sueco y me intereso por algún que otro folleto que dan a la entrada:
"Tres personajes desarraigados, sin rumbo aparente, transeúntes buhoneros, llegan al lugar arrastrando un viejo y pesado carromato cargado de mil artilugios, un cambalache rodante que es hogar y sustento de sus porteadores.
Su intención es vender una pócima milagrosa que todo lo cura pero, descubierto el engaño y para evitar el linchamiento del público, se ven obligados a ejercer de improvisados comediantes.
En clave de humor y continuamente salpicada por las rimas de Bécquer, este espectáculo se convierte en un brebaje mágico y cautivador lleno de misterio y ternura.
Un mundo repleto de detalles con los que seducir a grandes y pequeños. Su atmósfera enigmática nos desvela las más variopintas fuentes de inspiración, desde el peculiar universo del cineasta Tim Burton hasta el esperpento de Valle-Inclán".
Pero con los niños no basta que la apuesta parezca segura, y a la media hora de comenzar el espectáculo y ubicados en el mismo centro del patio de butacas, Pablo decidió estar hasta los cojones de los buhoneros, del carromato, de la ternura de los personajes y de las rimas, se puso a llorar y a mí me entraron las siete cosas intentando calmarlo sin éxito. Media fila puesta de pie para facilitarme el paso en busca de la salida mientras tiraba de mis dos terroristas. Un show por el que nadie pagó la entrada.
Milagrosamente se calló cuando lo cogí en brazos y nos concedió una tregua que nos permitió ver el final sentados en un pasillo.
Está claro que no acerté con Pablo; la obra no era para un niño de tres años que habría preferido un buen columpio o la pelota de reglamento a las rimas de los buhoneros. por mucho que a su hermano y a mí nos encantara.











