Hace ya algunos años que fuimos M y yo a la ópera por primera vez; una representación al aire libre en el anfiteatro de La Rábida (que ya es decir del aire de Huelva) y sin descansos. Una compañía rusa, sin subtítulos, más dura que el cemento de las escalinatas donde nos sentamos.
En el recuerdo quedó grabado a fuego un aburrimiento soporífero, un hambre como la de los lagartos tras las pitas (que no pudimos resolver ni al acabar aquel calvario por no encontrar nada abierto para un bocado decente) y unas ganas de mear que no he vuelto a conocer. Y todo a la media hora de empezar. Sí que merecieron la pena las estrellas, la frescura de aquella noche de verano y la compañía (no la rusa... sino la otra).
Este viernes me regalaron dos entradas para el ensayo general de Cyrano de Bergerac, una ópera en cinco actos que en estos días se representará en el Teatro Maestranza de Sevilla y que ha cosechado muy buenas críticas y éxitos tras pasar por diversos teatros europeos; así que a pesar de los antecedentes, se me encendieron las luces y cambié los planes que tenía de visitar a la familia. Llamé a mi mercenaria de guardia para que se quedara con los niños y con media hora de antelación, nos plantamos en las puertas del Teatro donde nos esperaba el contacto con las entradas.

Ni que decir tiene que no sé de tenores, sopranos y barítonos, que a duras penas distingo un cubalibre de garrafón de uno de marca si no llevo tomados más de dos, y que mi cultura musical es de muy pocas carnes a pesar de los excelentes músicos que hay en la familia; el Señor no me dió ese don, más allá de cierto compás y menores habilidades de aficionado para aporrear la guitarra en dos o tres ocasiones señaladas en el calendario. Pero sí que me dió buen gusto para algunas cosas y una intuición más propia de las señoras (mi parte femenina, supongo...)

Cyrano, una conocida historia de amor y amistad preciosa, con una música deliciosamente ejecutada por la Orquesta Sinfónica de Sevilla, magníficos decorados... y unas voces que conocían el atajo perfecto para llegar a lo más adentro y emocionar hasta poner los pelos como escarpias al más pintado. No creí que pudiera pasarme con una ópera, pero sucedió... y tuve que limpiar las gafas y sonarme los mocos con el disimulo que pude y ¡sin hacer ruido!

Aún me estoy relamiendo...
Por cierto que en el primer descanso tomamos en el ambigú una copa de cava y unas ricas medias noches para engañar el hambre (también de gañote) y después pudimos cenar en un local cercano ¡Viva la Pepa!, que aunque tenían la cocina ya cerrada, nos hicieron el favor de ponernos una ensalada de espinacas, croquetas de puchero y un foie aceptables con un par de copas de Verdejo frío del que no recuerdo el nombre. Hasta en eso pudimos mejorar lo de aquella primera vez en la ópera.
En el recuerdo quedó grabado a fuego un aburrimiento soporífero, un hambre como la de los lagartos tras las pitas (que no pudimos resolver ni al acabar aquel calvario por no encontrar nada abierto para un bocado decente) y unas ganas de mear que no he vuelto a conocer. Y todo a la media hora de empezar. Sí que merecieron la pena las estrellas, la frescura de aquella noche de verano y la compañía (no la rusa... sino la otra).
Este viernes me regalaron dos entradas para el ensayo general de Cyrano de Bergerac, una ópera en cinco actos que en estos días se representará en el Teatro Maestranza de Sevilla y que ha cosechado muy buenas críticas y éxitos tras pasar por diversos teatros europeos; así que a pesar de los antecedentes, se me encendieron las luces y cambié los planes que tenía de visitar a la familia. Llamé a mi mercenaria de guardia para que se quedara con los niños y con media hora de antelación, nos plantamos en las puertas del Teatro donde nos esperaba el contacto con las entradas.

Ni que decir tiene que no sé de tenores, sopranos y barítonos, que a duras penas distingo un cubalibre de garrafón de uno de marca si no llevo tomados más de dos, y que mi cultura musical es de muy pocas carnes a pesar de los excelentes músicos que hay en la familia; el Señor no me dió ese don, más allá de cierto compás y menores habilidades de aficionado para aporrear la guitarra en dos o tres ocasiones señaladas en el calendario. Pero sí que me dió buen gusto para algunas cosas y una intuición más propia de las señoras (mi parte femenina, supongo...)

Cyrano, una conocida historia de amor y amistad preciosa, con una música deliciosamente ejecutada por la Orquesta Sinfónica de Sevilla, magníficos decorados... y unas voces que conocían el atajo perfecto para llegar a lo más adentro y emocionar hasta poner los pelos como escarpias al más pintado. No creí que pudiera pasarme con una ópera, pero sucedió... y tuve que limpiar las gafas y sonarme los mocos con el disimulo que pude y ¡sin hacer ruido!

Aún me estoy relamiendo...
Por cierto que en el primer descanso tomamos en el ambigú una copa de cava y unas ricas medias noches para engañar el hambre (también de gañote) y después pudimos cenar en un local cercano ¡Viva la Pepa!, que aunque tenían la cocina ya cerrada, nos hicieron el favor de ponernos una ensalada de espinacas, croquetas de puchero y un foie aceptables con un par de copas de Verdejo frío del que no recuerdo el nombre. Hasta en eso pudimos mejorar lo de aquella primera vez en la ópera.
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