Y se acabó mi Nochebuena a día 27 con una botella vulgar que pone en su etiqueta Pazo de Marteleira (del Mercadona con seguridad), que pasa por albariño, fría y sobre una copa rayada por el lavavajillas, compañera honrosa en una conversación digna y entretenida sobre hule de plástico en nombre de lo que sí reconozco como verdadera Navidad, si tal es el sentimiento relajado, sincero y de buen fondo que fluye por mis entrañas hacia fuera sin necesidad de lavativas ni calzadores.
Se ha confirmado por enésima vez que no soporto las imposturas de una cena arquetípica que me aburre hasta los tuétanos, que me emociona lo mismo que hace cien años o hace mil. Que por supuesto me quedo con la improvisación, el vino de saldo, los fiambres al vacío y con el brindis a los adentros en honor de un instigador desconocido que con los químicos que conservan el marisco "fresco", el mantel apulgarado, los cubiertos de plata que hacen rechinar los dientes y las frases hechas y manidas año tras otro que me insultan y martillean incesante: "¡salud para todos!".
De fondo tras las copas vacías, una señora de cintura sinuosa y piernas kilométricas se mueve incesante en la tele sin bailar para mí. Aun así, resulta mejor que la conversación anodina en la cena de marras que aun con la mejor intención, me transmite lo mismo que Calixto Sánchez por bulerías.
Deseo para el año que viene que mis toses y fiebres no vuelvan a perturbar la alegría de cuantos disparan con fuego amigo, ni siquiera de los que acaban de descubrir el éxito merecido y se han contrariado por la inoportunidad de mis males. Pero sobre todo quiero seguir bebiendo a grandes tragos los vinos baratos sin olvidar a qué saben los buenos.
Ahora sí. Feliz Navidad...
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