miércoles 3 de diciembre de 2008

de la ciudad de las personas...


la Plaza de San Francisco en el espacio que va desde que te asalta una rumana armada con La Farola y un drogadicto cantando por los Chichos


Pasear por el centro y tomar una cerveza en el velador de cualquier plaza, tiene un peaje que cada día me resulta más molesto; vamos, bien me pone de mala baba.


A penas te bajas del coche, y sin que nadie facilite la maniobra, hace su aparición el primero de la tarde: el genuino, el auténtico y sin par gorrilla, que por generación expontánea, se apresura a extorsionarte por aparcar el vehículo en lugar habilitado para ello y por el que se pagan religiosamente suculentos impuestos municipales.

Al punto de acomodarte y pedir la carta de las tapas mientras comentas lo hermosa que está la ciudad en esta época, llega otra que tal baila: la rumana de hedor nauseabundo que intenta meterte por las narices el periódico "La Farola" haciendo caso omiso a la educada negativa que se le ofrece con el leve gesto de la mano y un "no" con sonrisa.

No tarda el desgraciado que con media botella de lejía en la mano, aporrea los oídos con una rumba desagradable a rabiar y que perturba la conversación hasta la irritación y tratas de proteger la ensaladilla de los salivazos que se le escapan al parias entre su maltrecha dentadura.

A penas se te ocurre pedir la segunda cerveza, ya está al acecho la nueva especie que convive con las palomas y los pelusos de la Plaza del Salvador: el acordeonista y acompañante, también rumanos, interpretando la nueva banda sonora de las calles del centro, ese especimen musical que cual eucaliptus prolifera matando la flora autóctona: larga vida al "bésame mucho" versión rumaní, que muera la soleá:

- No tengo (me disculpo armándome de paciencia ante su solicitud)
- ¿no tienes diez céntimos?, me inquiere con sonrisa socarrona en voz alta, afeando mi conducta públicamente.
- Le he dicho que no. - Y se retira a otra mesa protestando, airado.

De vuelta a casa y en el primer semáforo en rojo, un negro aporrea la ventanilla del coche ofreciéndome pañuelos de papel, sin atender la negativa que le ofrezco, viéndome nuevamente en la necesidad de pedir por favor que dejen de molestarme.

En los siguientes dos semáforos ocurre casi lo mismo y llego a casa hasta los huevos de tanto pedigüeño y extorsionador incontrolado, jurando en arameo y sintiéndome como un bellaco, encima.

Sevilla, ciudad de las bicicletas y personas mendicantes.

*





4 dicen que...:

samuel dijo...

Hombree, me alegro de leerte otra vez.
Saludos

Carmen dijo...

Pues eso que... decíamos ayer ¿no?

Todo eso te pasa por ponerte al sol en una terraza. Yo siempre digo que el que me quiera ver que pague, así que me excuso con la intolerancia al sol y me acomodo en la barra o en la mesita más cómoda a ver cómo el camarero espanta las moscardas que entran por la puerta.

Es una verdadera alegría para mí volver a verte.

Un abrazo ASÍ de grande.

EL INSTIGADOR dijo...

Aunque no soy hombre de muchos caprichos, tengo que reconocer que me enamoré de lo último de blackberry y así puedo recibir correo en el teléfono. -aunque parece cualquier otra cosa- Iba yo en un taxi cuando la lunática me avisa de tu vuelta. Lo primero, antes de leerte, reintegrarte a la lista de la que te saqué para que no me diera tanta pena verte inactivo. Una vez recolocado en mi olimpo de plastilina, solo decirte que estoy de acuerdo con la plaga de mendicantes rumanos. No solo no saben pedir, sino que que son molestos, maleducados y especialmente tocapelotas. Ni un céntimo para ellos.

Me alegro, TANTO, de verte..

Un fuerte abrazo.

batanero dijo...

No imagináis la alegría que me habéis dado... no tenéis ni puta idea...

Salud y Tiempo...

Un abrazo de corazón

ir arriba