
Entra por la ventana el bullicio de los transeuntes confundiéndose con el ruído del teclado y el aparato del aire acondicionado en la oficina. Una mirada de soslayo y aparecen madres paseantes con carritos, empleados tomando café, vertiginosas hembras buscando escaparate, el sombrerito panamá del jubilado y el atuendo negro de chef moderno de un camarero con vena.
Me descalzo para sentir el frescor del mármol en los pies. Cierro los ojos, y acabo remangándome los pantalones para no mojarlos con el agua del Atlántico en una playa de arena fina, palmeras de fondo de escritorio de windows y masaje tántrico-filipino.
Son las 12 y paladeo las últimas horas en el curro antes de irme de vacaciones, que no serán en una playa imaginaria sino en piscina hiperclorada de urbanización alternando como dominguero en una playa atestada, pero servirá igualmente para reconstituirme en un año que está resultando agotador en lo personal y profesional, como cuando se está cerca del final de un ciclo y que bien merece una parada.
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1 dicen que...:
Es lo que tienen los ciclos: que nunca permanecen. Te lo digo yo, que estoy en mitad de uno nuevo.
Un abrazo desde aquí cerca
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