Sultán vino cachorro a casa cuando éramos unos niños. Pasó su primera noche debajo de mi cama en una gran caja de zapatos, mientras E y yo migábamos pan en leche que iba lamiendo de nuestras manos. Al poco se convirtió en un devorador de calcetines y travieso al punto de meterse en el motor del frigorífico.
De joven le recuerdo en los viajes en coche hasta la playa, en los que sobre el asiento de atrás, encima de nosotros, nos iba arañando las piernas sin parar de moverse, nervioso, gimoteante pero sin dejar de agasajarnos con sus lametones. Cuando se abría la puerta que daba al patio a primeras horas de la mañana, parecía que se preparase un encierro diario de San Fermines, en el que recorría enloquecido cada rincón de la casa para saludarnos uno a uno a su manera: saltando sin parar, apoyando sus pezuñas en el pecho, buscando la caricia de cada uno de nosotros y sin parar de ladrar.
Fue mi compañero en la adolescencia, en mis noches de trasvelo y recepcionista para mis primeras salidas nocturnas; un verdadero amigo y confidente.
Le encantaba corretear en círculo por la arena de la playa, y morder la espuma en el rompeolas para volver a la arena de momento, que no era amigo del agua.
Qué gusto verle comer su arroz partido y con los caparazones de pollo que le guisaba mi madre.. Cualquiera se le acercaba entonces
Y su hocico frío, suave... el lenguaje de sus orejas para hacernos carantoñas o sus pezuñas dando golpecitos en nuestros pies, pidiendo la caricia. Y la cara que nos ponía cuando después de golfear por ahí, aparecía en el umbral de la puerta al día siguiente, para tranquilidad de mi madre a la que sólo le faltó haber llamado a la Guardia Civil.
Lo perdí en 1.998, pero pudo conocer a M. y eso me reconforta.
Se fue rodeado por su familia y desde entonces reposa en un rincón del extenso corral que sólo conoce mi padre, a quien no he vuelto ver llorar.
De joven le recuerdo en los viajes en coche hasta la playa, en los que sobre el asiento de atrás, encima de nosotros, nos iba arañando las piernas sin parar de moverse, nervioso, gimoteante pero sin dejar de agasajarnos con sus lametones. Cuando se abría la puerta que daba al patio a primeras horas de la mañana, parecía que se preparase un encierro diario de San Fermines, en el que recorría enloquecido cada rincón de la casa para saludarnos uno a uno a su manera: saltando sin parar, apoyando sus pezuñas en el pecho, buscando la caricia de cada uno de nosotros y sin parar de ladrar.
Fue mi compañero en la adolescencia, en mis noches de trasvelo y recepcionista para mis primeras salidas nocturnas; un verdadero amigo y confidente.
Le encantaba corretear en círculo por la arena de la playa, y morder la espuma en el rompeolas para volver a la arena de momento, que no era amigo del agua.
Qué gusto verle comer su arroz partido y con los caparazones de pollo que le guisaba mi madre.. Cualquiera se le acercaba entonces
Y su hocico frío, suave... el lenguaje de sus orejas para hacernos carantoñas o sus pezuñas dando golpecitos en nuestros pies, pidiendo la caricia. Y la cara que nos ponía cuando después de golfear por ahí, aparecía en el umbral de la puerta al día siguiente, para tranquilidad de mi madre a la que sólo le faltó haber llamado a la Guardia Civil.
Lo perdí en 1.998, pero pudo conocer a M. y eso me reconforta.
Se fue rodeado por su familia y desde entonces reposa en un rincón del extenso corral que sólo conoce mi padre, a quien no he vuelto ver llorar.
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