jueves 23 de julio de 2009

Sultán



Sultán vino cachorro a casa cuando éramos unos niños. Pasó su primera noche debajo de mi cama en una gran caja de zapatos, mientras E y yo migábamos pan en leche que iba lamiendo de nuestras manos. Al poco se convirtió en un devorador de calcetines y travieso al punto de meterse en el motor del frigorífico.

De joven le recuerdo en los viajes en coche hasta la playa, en los que sobre el asiento de atrás, encima de nosotros, nos iba arañando las piernas sin parar de moverse, nervioso, gimoteante pero sin dejar de agasajarnos con sus lametones. Cuando se abría la puerta que daba al patio a primeras horas de la mañana, parecía que se preparase un encierro diario de San Fermines, en el que recorría enloquecido cada rincón de la casa para saludarnos uno a uno a su manera: saltando sin parar, apoyando sus pezuñas en el pecho, buscando la caricia de cada uno de nosotros y sin parar de ladrar.

Fue mi compañero en la adolescencia, en mis noches de trasvelo y recepcionista para mis primeras salidas nocturnas; un verdadero amigo y confidente.

Le encantaba corretear en círculo por la arena de la playa, y morder la espuma en el rompeolas para volver a la arena de momento, que no era amigo del agua.

Qué gusto verle comer su arroz partido y con los caparazones de pollo que le guisaba mi madre.. Cualquiera se le acercaba entonces

Y su hocico frío, suave... el lenguaje de sus orejas para hacernos carantoñas o sus pezuñas dando golpecitos en nuestros pies, pidiendo la caricia. Y la cara que nos ponía cuando después de golfear por ahí, aparecía en el umbral de la puerta al día siguiente, para tranquilidad de mi madre a la que sólo le faltó haber llamado a la Guardia Civil.

Lo perdí en 1.998, pero pudo conocer a M. y eso me reconforta.

Se fue rodeado por su familia y desde entonces reposa en un rincón del extenso corral que sólo conoce mi padre, a quien no he vuelto ver llorar.

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la ventana y el mar



Entra por la ventana el bullicio de los transeuntes confundiéndose con el ruído del teclado y el aparato del aire acondicionado en la oficina. Una mirada de soslayo y aparecen madres paseantes con carritos, empleados tomando café, vertiginosas hembras buscando escaparate, el sombrerito panamá del jubilado y el atuendo negro de chef moderno de un camarero con vena.

Me descalzo para sentir el frescor del mármol en los pies. Cierro los ojos, y acabo remangándome los pantalones para no mojarlos con el agua del Atlántico en una playa de arena fina, palmeras de fondo de escritorio de windows y masaje tántrico-filipino.

Son las 12 y paladeo las últimas horas en el curro antes de irme de vacaciones, que no serán en una playa imaginaria sino en piscina hiperclorada de urbanización alternando como dominguero en una playa atestada, pero servirá igualmente para reconstituirme en un año que está resultando agotador en lo personal y profesional, como cuando se está cerca del final de un ciclo y que bien merece una parada.
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domingo 5 de julio de 2009

Acuarela de Maru




"Volando juntos..."


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viernes 3 de julio de 2009

las aspirinas y Stefan Zweig



Un resfriado de 24 kilates como el de mi propiedad, ofrece dos oportunidades magníficas: la coartada perfecta para no levantarte de la cama sin remordimientos antes de las 10 y la excusa necesaria para retomar viejas aficiones como devorar un libro y escribir en este blog casi abandonado (no olvidado).

A poco me han sabido las ciento y pico de páginas de "Ardiente secreto" en el que Stefan Zweig, narra dos momentos vitales coincidentes en la vida de una madre y su enfermizo hijo preadolescente, mientras pasan unos días de descanso en un lujoso hotel en los Alpes, donde la pudiente burguesía austriaca de principios de siglo podía permitirse esos caprichos.

Por un lado, Mathilde "...que se encuentra en esa edad decisiva en la que una mujer empieza a lamentar el hecho de haberse mantenido fiel a un marido al que al fin y al cabo nunca ha querido, y en la que el purpúreo crepúsculo de su belleza le concede una última y apremiante elección entre lo maternal y lo femenino. La vida, a la que hace tiempo parece que se le han dado ya todas las respuestas, se convierte una vez más en pregunta, por última vez tiembla la mágica aguja del deseo, oscilando entre la esperanza de una experiencia erótica y la resignación definitiva. Una mujer tiene entonces que decidir entre vivir su propio destino o el de sus hijos, entre comportarse como una mujer o como una madre. Y el barón, perspicaz en esas cuestiones, creyó notar en ella aquella peligrosa vacilación entre la pasión de vivir y el sacrificio”.

Por otro, un niño que a sus doce años comienza a atisbar las contradicciones del mundo de los adultos y que inicia su metamorfosis entre la excitación del descubrimiento de la vida y el miedo a dejar de sentirse protegido.

Y así transcurrió la mañana entre la lectura y las aspirinas...

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